Escuela de vida: cómo hacer justicia por Anahí

franco      0

Escuela de vida: cómo hacer justicia por Anahí

La comunidad de la escuela de Anahí Benítez le da contexto al crimen. 

Cuenta el hostigamiento policial diario. Señala que los detenidos son perejiles. Se pregunta por qué el periodismo destroza vidas. Y reclama justicia.

Es sábado, llovizna, hace frío y el cielo parece acero, pero en la Escuela Normal de Banfield hay otro clima. El Centro de Estudiante convocó para hoy a una jornada de limpieza y los chicos están fregando pupitres, barriendo patios y baldeando escaleras. En tanto, el rector atiende el fuego de la parrilla y padres, madres y profesores forman la línea de preparación de las hamburguesas: el pan, el aderezo, la lechuga, el tomate, la gaseosa, en fila, mientras hablan del único tema que puede hablarse ahí y sólo ahí. Los medios que desinforman lo llaman “el caso Anahí”, pero para ellos es la ausencia, el dolor, el golpe que intentó destrozar esa delicada trama que con tanto esfuerzo sostiene la escuela pública en cada barrio golpeado por la violencia, la crisis económica, las plagas de la época y la adolescencia transitando esa postal de emergencias. La escuela, esa escuela -que tiene más de 3 mil alumnos repartidos en tres niveles y que es un orgulloso centro de formación de docentes- contiene todo eso y ahora más: tiene que hacerse cargo de un crimen atroz, de una investigación judicial despiadada y de unas operaciones de prensa de terror.
Ahí estamos.
Sentados ahora en una larga mesa, en una tarde de sábado, con padres y profesores, mientras chicos y chicas están haciéndose cargo de la mugre como una forma más de aprender a hacerse responsable. “Si limpiás después no ensuciás”, me explica un joven de flequillo, con la escoba en la mano.
Limpiemos.

Alumnos, padres y docentes de la Escuela Normal de Banfield a la que asistía Anahí Benítez. Foto: Lina Etchesuri

El miércoles 17 de mayo al mediodía, Lautaro, 16 años, estaba compartiendo una cerveza en la plaza de Banfield con tres amigos. Lautaro tiene el pelo largo y de tres colores: rosa, verde y amarillo. El arco iris de su cabellera no es un dato menor, si se tiene en cuenta la mirada de la policía. Quizá por eso, cuando aquel día se acercó el patrullero, todos salieron corriendo. A Lautaro lo alcanzaron cuando estaba llegando a la casa de un tío. Lo subieron al patrullero, lo amenazaron y lo obligaron a llamar a sus amigos por teléfono y preguntarle dónde estaban. Le respondieron: en el colegio.
Justo ese día se estaban desarrollando ahí las elecciones de delegados del gremio SUTEBA.
Era el horario de salida y entrada del secundario.
En medio de ese oleaje de estudiantes y docentes, irrumpieron seis policías armados, corriendo, gritando.
Lo que siguió fue una respuesta colectiva.
Las docentes increparon a los policías, al grito de “Esto es una escuela”.
Los estudiantes rodearon a los agentes cuando sacaban a empujones a uno de los chicos para estamparlo luego contra la pared.
En tanto, Lautaro estaba en el patrullero, llorando.
Los estudiantes lo liberaron.
A los chicos le armaron una causa por resistencia a la autoridad y la respuesta fue una marcha masiva, potente, desafiante, hasta los tribunales de Lomas que reunió a estudiantes, docentes y padres tras una bandera: “Basta de violencia”.
Es la marcha en la que le sacaron la foto a Anahí con el cartel que grita “las balas que vos tiraste van a volver” y el dibujo que había pintado: un puño enarbolando un lápiz.
Todo esto se recuerda hoy en esta mesa larga.
Estamos hablando del crimen de Anahí, pero en esta escuela el tremendo final de esa vida comienza contando esta violencia policial.
Tienen muchos motivos para qué este sea el principio de esta historia. El principal es el más tremendo: Lautaro quedó convertido en la pieza clave de la causa judicial que supuestamente investiga el crimen de Anahí. Lo llamaron a declarar ya cuatro veces, algunas en horas de la noche. En todas estuvo solo, sin adultos que lo acompañen ni abogados que lo protejan.
Mientras estamos hablando de esto, justo de esto, un mensaje llega al celular de una de las madres que está frente a mí en la larga mesa. Dice: “En este momento están dando el nombre y apellido de Lautaro en TN”.
Me pregunta preocupada: “¿El periodismo puede exponer así a un menor?”.
El periodismo no.
Limpiemos.

El novio de Anahí, en las escaleras del Normal.
Foto: Lina Etchesuri

Luego de la irrupción policial y de la marcha, padres y docentes conformaron una Comisión Contra la Represión Institucional, que es la que está sentada hoy en esta larga mesa. Evaluaron que desde la conformación de la policial municipal y, en especial, desde la llegada del nuevo gobierno, las situaciones de violencia policial contra los alumnos era cotidiana. Frecuentes operativos en la esquina del colegio, que incluían requisa de mochilas, fila de chicos contra la pared y con las piernas abiertas, cacheados por uniformados que buscaban la excusa para arrearlos en patrullero.
Decidieron entonces organizar en el colegio una jornada didáctica. Invitaron a diez abogados, especialistas en derechos de menores, y dispusieron a los cientos de padres, estudiantes y docentes que concurrieron en pequeños grupos que trabajaron los principales conceptos: qué hacer cuando te para la policía, qué garantías debe tener el llamado “debido proceso”, cómo denunciar el acoso policial, entre ellos.
A los pocos días, el vicepresidente del Centro de Estudiantes fue uno de los tantos que rindió el examen práctico. Había ido con su tío a la cancha y quiso sacar una foto cuando la policía estaba maltratando a una persona. Lo detuvieron: a él y al tío. Lo encerraron en un calabozo. Los presos que estaban con él se conmovieron al ver a ese adolescente encerrado con ellos, mecheros y borrachos. Comenzaron a gritar: “El pibe tiene asma” y lograron así que la policía lo sacara del calabozo y llamara a sus padres.
Llegamos, entonces, al punto principal de esta historia tremenda. Lo sintetiza así uno de los docentes: “Estamos hablando de chicos y chicas que crecieron en otro marco de relación con sus derechos, con la calle, con la policía. Son plenamente conscientes de su libertad y están dispuestos a defenderla. Pero la realidad que transitan hoy es otra. Entonces, nosotros, los adultos que debemos contenerlos, cuidarlos, protegerlos, ¿qué les aconsejamos? ¿Les pedimos que se callen la boca y soporten el control policial desmedido, desbocado, abusivo y cotidiano o les decimos que defiendan sus derechos?”.
La respuesta correcta les parecía clara y en ella estaban trabajando cuando desapareció Anahí.

Nacho, presidente del centro de estudiantes.
Foto: Lina Etchesuri

Esa semana nadie durmió.
Ni sus compañeros, ni sus compañeras, ni sus docentes, ni las madres ni los padres.
Nadie.
Organizaron volanteadas, pegatinas de carteles, tutorías de contención, redes de whatssap, asesoramiento con psicólogos, abogados, especialistas, posteos en redes sociales, entrevistas en los medios: todo lo que se les ocurrió, lo hicieron. Incluso uno de los profesores publicó una carta en Facebook pidiéndole a Anahí que volviera. “Nunca creí que se hubiera fugado, porque los que la conocíamos sabíamos que esa no era una opción posible, pero la fiscal nos dijo que se había un 1% de posibilidades de que así fuera, había que hacer algo para que regresara sin vergüenza y sin miedo. La hice por ese 1%”.
El viernes 4 de agosto se enteraron por televisión de la aparición del cuerpo de Anahí. Lo que siguió desde ese día fue un tormento mediático, que incluyó la criminalización del profesor de Matemática que había trabajado el año anterior en el Normal y al que al decir de esta larga mesa “le destrozaron la vida”. Las fiscales Verónica Pérez y Fabiola Juanatey filtraron a los medios “que habían encontrado toneladas de fotos de Anahí en su computadora y ventilaron supuestos detalles del diario íntimo de Anahí, calificando de “obsesión” su relación con el profesor, pero lo que concluimos es que en realidad en el momento necesitaban encarcelar a quien fuera”.
El cuerpo apareció pocos días antes de las elecciones.
El profesor de Matemática fue liberado cuando las fiscales apresaron a Marcos Bazán, un hombre que vive 300 metros de dónde se encontró el cuerpo de Anahí. El eje de las versiones -difundidas por las fiscales a los medios subsidiarios y subsidiados- apuntaron hacia “las pruebas”: el olfato del perro, el arroz encontrado en el estómago de Anahí, una tijera. El despropósito fiscal incluyó dos allanamientos realizados con 15 días de diferencia, con el extravagante resultado de que en el segundo incautaron lo que parece haber pasado inadvertido en el primero: 13 granadas lacrimógenas, 7 de larga distancia. Menos difundidas fueron las denuncias de apremio que realizó Bazán, quién ahora inició una huelga de hambre para reclamar su liberación.
Cualquiera sea el resultado de esta causa, queda claro por qué la pregunta que hoy se formula en esta mesa larga es inquietante: “¿Es suficiente que determinados medios publiquen cualquier cosa para que una persona sea encarcelada?”.
No sabemos todavía cómo limpiar ese miedo nuevo.

Amigas y amigos de Anahí, en la marcha que hicieron al Congreso.
Foto: Lina Etchesuri

Días después a esa charla en la mesa larga, las fiscales difundieron las novedades: Anahí había sido abusada sexualmente. Divulgaron detalles de cómo y por dónde, y luego revelaron quién: el nuevo sospechoso es Marcelo Villalba., El hombre estaba detenido desde que su hijo activó el celular que perteneció a Anahí, que su padre le había regalado luego de cambiarle el chip y arrojado la funda –rosa, llamativa- en un terreno baldío vecino de su casa: ahí lo hallaron después. El hombre dijo que encontró el celular tirado en la calle y que su hermano lo ayudó a desbloquearlo. Quedó detenido, acusado de obstaculizar la investigación, y ahora, con las novedades de la pericia forense, están a punto de cambiarle la acusación: secuestro, violación y femicidio.
La pregunta es si, finalmente, las fiscales encontraron al culpable o estamos presenciando una nueva temporada de The Killing, la serie que cada femicidio del conurbano rememora como un siniestro simulacro.
La otra pregunta que se formula en esta mesa larga es incómoda y rompe moldes: ¿Es el asesinato de Anahí un femicidio?
La respuesta es clara: “Al estar a cargo de la investigación dos fiscales especializadas en violencia contra la mujer, ya se recortó la línea de investigación. ¿Qué buscan entonces las fiscales? Un hombre. Un solo hombre, dos a lo sumo. Pero para nosotros, la mirada del asesinato de Anahí es más amplia e incluye que se investigue la violencia policial que padecen cotidianamente nuestra comunidad de estudiantes. No decimos que es la única hipótesis, pero sí que la actuación policial es una línea de investigación que debe incluirse y que la sola designación de las fiscales especializadas ya nos dice claramente que se descartó de entrada”.
¿Por qué?
Padres y docentes responden con preguntas que limpian esa realidad de pesadilla en la que deben crecer nuestras Anahí y nuestros Lautaros.
¿Qué tenemos para orientarnos en este siniestro laberinto que por momentos nos parece una película de terror?
¿Tenemos una policía que respeta y protege a los jóvenes?
¿Tenemos una justicia que investiga a fondo, sin descartar ninguna hipótesis, defendiendo y respetando la dignidad de las víctimas?
¿Tenemos medios responsables, que aportan datos precisos para esclarecer un crimen?
Las respuestas de esta mesa larga son también claras:
“Lo que tenemos es un colegio que sufrió un episodio traumático de violencia policial, que en ese momento ganó una batalla contra el abuso policial y el armado de una causa judicial a un menor. Tenemos a una chica que despareció, estuvo secuestrada varios días y fue asesinada. Tenemos un cuerpo que apareció en el lugar más visible de un parque que cientos de hectáreas con pastizales impenetrables. Tenemos a chicos con ataque de pánico y a chicas que no vienen al colegio porque se quedan en sus casas llorando. Tenemos una escuela que es símbolo de la educación pública que entiende qué debe hacer un docente por sus estudiantes. Tenemos a padres y madres dispuestas a organizarse. Tenemos un objetivo claro: verdad y justicia. Y tenemos lo más importante: la voluntad de no parar hasta encontrarlas”.

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